La semana pasada visitamos Joshua Tree con mi familia. ¡Qué hermosa experiencia!
Había oído tanto del desierto, pero no lo conocía. El sol ardiente, el viento imparable, las millones de estrellas y la NADA.
Cuando meditaba en la mañana, al contemplar el desierto, me acordé del versículo: “Y la llevaré al desierto”.
Lo busqué y encontré varias versiones; estas son mis favoritas:
“Yo la voy a enamorar, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”.
Otra dice: “Pero luego volveré a conquistarla. La llevaré al desierto y allí le hablaré tiernamente”.
Amo la dulzura de Dios, amo su paciencia, amo su insistencia conmigo, amo que sabe cómo enamorarme.
Al mirar el desierto que me rodeaba, pude ver las similitudes con mi desierto interior.
Por primera vez, pude entender cómo se ve lo que siento y vivo a diario.
El sol ardiente de la soledad, los vientos fuertes de tristeza y la nada de emociones, distracciones o actividades. Y entendí, aprendí qué debo hacer para sobrevivir.
Necesito hidratarme constantemente; dicen que uno no se da cuenta de que está deshidratado.
Solo puedo caminar despacio en el desierto y por un corto tiempo. Definitivamente, no puedo correr.
Debo sujetar todo lo que me importa y dejar que el viento se lleve todo lo que no.
Y cuando sienta que la cabeza me comienza a doler y no puedo soportar más el calor, necesito sumergirme en el agua hasta que mi cuerpo vuelva a su temperatura normal.
Necesito sombra para poder descansar, pero, sobre todo, necesito estar despierta cuando llegue la noche, porque el cielo se iluminará con estrellas. Y ahí me daré cuenta de lo cerca que están.
Solo en la noche veré que nunca estuve sola; solo era el sol de la soledad el que no me permitía ver que estaba rodeada de tanta belleza.
Gracias por traerme al desierto para estar a solas conmigo.
Háblame. Quiero escucharte. Quiero volverme a enamorar.

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