Cierto día, un hombre encontró un capullo de mariposas y observó que en él, había un pequeño agujero. Se sentó y se entretuvo observando, mientras la mariposa luchaba durante varias horas, intentando pasar a través del agujero. Pasó un largo rato observando los esfuerzos de la mariposa por salir al exterior, pero parecía que no lograba ningún progreso, como si hubiera llegado a un punto, en el cual ya no podía continuar. Conmovido, el hombre decidió ayudar a la mariposa. Tomó las tijeras y cortó el resto del capullo. La mariposa salió fácilmente, pero tenía el cuerpo hinchado y las alas muy pequeñas y arrugadas. El hombre, continuó observando, porque esperaba que en cualquier momento, las alas se extenderían para poder soportar el cuerpo que, a su vez, debería deshincharse. ¡Pero nada de esto ocurrió! Por el contrario, la mariposa pasó el resto de su vida con el cuerpo hinchado y con sus alas encogidas, ¡Y nunca pudo volar! Lo que aquel hombre no llegó a comprender, (aún...
Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría. Salmos 90:12