Mi hija menor tiene una gran admiración por todos los dulces que existen. De pequeña, siempre le han gustado mucho y, al recordarle el daño que esa clase de azúcar le hace a su cuerpo, siempre trato de que ella entienda y decida por sí misma cuántos comer. Aunque le he hablado cantidad de veces, de vez en cuando le encuentro algunas evidencias en su cuarto de que estuvo comiendo sin permiso (siempre logra conseguirlos). Hemos hablado varias veces acerca del daño que hace comer muchos dulces, pero pareciera que el deseo de saborear unos buenos chocolates es más fuerte que el de obedecerme. Hoy hablé con ella justamente sobre este tema. Le dije: "Kristen, ¿por qué comes dulces a escondidas? Tú sabes que no son buenos para ti, que te hacen daño... ¿acaso no te amas?" Al instante de hacerle esa pregunta a Kristen, sentí a Dios preguntarme: "Débora, ¿por qué comes lo que no debes comer a escondidas? Tú sabes que no es bueno para ti, que te hace daño... ¿acaso no te a...
Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría. Salmos 90:12