Sus ojos iluminaron mi alma y su sonrisa juvenil me contagió de alegría. Me la encontré días atrás, en el sanitario de la Iglesia. Hermosa, divina, casi un ángel. No recuerdo quién comenzó la conversación, pero en cuestión de segundos, todas allí sabíamos que esa dama radiante ¡tenía 93 años! Todas las mujeres, muy sorprendidas, opinaban lo mismo: - ¡Señora, usted no aparenta su edad! -exclamaban casi al unísono. Mientras la contemplaba, pensé: ¡cuánta sabiduría debería guardar en su corazón, esta dama de oro! ¡Me encontré con un diamante! ¡Me encontré un tesoro, el día menos pensado, y nada menos que en un baño público! Admiro a la gente con espíritu joven. Me cae bien la gente alegre. Me gusta conocer gente apasionada. Creo que en cierto modo, esto se debe a que siempre he querido mantenerme joven, alegre y apasionada. De manera que, como amo cultivar esas características en mi propio carácter, me atreví a hacerle esa pregunta a la dama. Razon...
Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría. Salmos 90:12