Amo las mañanas. Amo estar a solas con El, en las primeras horas del día; siempre son mis favoritas. Me recuerdan que sus misericordias son nuevas, que su amor nunca deja de ser; que hoy, El me regala otra oportunidad, que puedo intentarlo otra vez, que quizás hoy, sea el día de mi milagro, quizás sea el último día de espera.
El me inspira a escribir, meditar, leer, y me ayuda a planear las aventuras que tendré; ¡es mi momento favorito del día! Nunca he tenido un día igual al anterior, Dios siempre me sorprende. Pero hoy, apenas bajé para comenzar mi día, me esperaba algo desagradable, que había olvidado resolver el día interior; o quizás, mejor dicho, ignorado y evadido.
Esa emoción de alegría por comenzar un nuevo día, ¡se esfumó al instante que vi el fregadero lleno de platos sucios! ¿Quién quiere comenzar el día lavando platos de ayer? Indignada por mi actitud, olvidé mi cita romántica y comencé a lavar los platos. Mientras lavaba pensaba: “¿Cómo puede ser? Todas las tardes me aseguro de dejar la cocina impecable. ¿Por qué no lave los platos?” En ese mismo momento recordé, que la noche anterior estaba demasiado cansada para lavarlos, y me fui directamente a la cama. ¡Con razón, por eso siempre los lavo! Me había olvidado que diferente se comienza el día, cuando todo está limpio y en orden.
¿Por qué te cuento acerca de mis platos sucios? Porque mientras lavaba los platos, vino a mi mente el versículo “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”. ¿Enojo? ¿Así es el enojo Señor? ¿Eso quieres decirme?
Y empecé a comparar y a entender, porque Dios nos enseña a resolver el enojo antes que termine la noche; así como con los platos sucios, comenzar el día con enojo en nuestro corazón, nos roba la paz, el entusiasmo y el agradecimiento. Que diferente es comenzar el día con un “¡buenos días amor!” A un “buenos días” indiferente y por mera obligación.
Que diferente es una mirada cálida por la mañana, a una mirada fría, cargada de resentimiento. Que diferente es despedirse con un abrazo eterno y un susurro de “ya te extraño”, a un saludo de lejos, sin afecto.
En segundo lugar, noté que era más difícil lavar los platos por la mañana, porque la comida se había secado durante toda la noche y se había endurecido. Tuve que poner todo a remojar por algún tiempo, hasta que los restos de comida se ablandaran y todo fuera más fácil limpiar.
Me tomó más tiempo, que si lo hubiera limpiado la noche anterior.
Otra similitud que Dios quería mostrarme, “si no limpias el enojo en el día, si dejas pasar la noche, se endurecerá y no solo te robará la alegría de tu nuevo día; sino que será más difícil limpiarlo, y quitarlo de tu corazón”.
No es imposible, pero si me tomará más tiempo que si lo hubiera limpiado en el momento, que el enojo ensució mi corazón.
Pensé, “¡el espíritu es el agua!” Si, cada vez que no puedo quitar el enojo, necesito remojarme en las aguas del espíritu; solo después de un tiempo a solas con Dios puedo limpiar el enojo de mi corazón.
Termine de lavar los platos y volvió la paz, todo está limpio y en orden. Ahora sí, sol, puedes entrar. Que bendición poder sentarme a disfrutar contigo, una taza de café.
Efesios 4:26
“No se ponga el sol sobre vuestro enojo” LBLA
“No permitan que el sol se ponga mientras siguen enojados” NVI
“El enojo no debe durarles todo el día” TLA
“Reconcíliense antes de que el sol se ponga” RCV
¿Qué te imaginas que me aseguraré de hacer hoy, antes de irme a dormir? Lavar los platos, sí. Pero también, me aseguraré de limpiar el enojo de mi corazón. Quiero mañanas llenas de paz, quiero miradas tiernas y pícaras, quiero abrazos cálidos y eternos, quiero complicidad, quiero un “buenos días amor”, quiero besos en el cuello, mientras preparo el café; quiero un “hoy te amo más que ayer”.

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