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La aldea de Navidad


En septiembre, cuando fui a visitar a mi familia en New Jersey, estaba decidida a traerme de regreso “la aldea de Navidad” (una pequeña campiña en miniatura que representa las casitas navideñas de finales del siglo XVIII) que, al momento de mudarme, había dejado en la casa de mi hermana Lorena, con la promesa de recuperarla.
Con el paso de los días, me distraje y, al regresar a mi hogar, recordé: “¡Oh no, olvidé la aldea navideña!”. Me había imaginado que, en estas fiestas, sorprendería a mis hijos con el pequeño y pintoresco pueblito que tanto amaban de niños.
Me dio mucha lástima el simple hecho de no haberlas recuperado y me consolé: “Débora, son solo pequeñas casitas iluminadas, puedes conseguir otras en cualquier sitio”.
Con el paso de los días, iba de tienda en tienda, tratando de averiguar si acaso tenían aldeas similares, pero ninguna me convencía. Ninguna de ellas era tan linda como las que teníamos, y tampoco podía encontrar toda una aldea entera; a lo sumo, solo dos o tres casitas aisladas.
Para mi sorpresa, hace una semana, me dieron muchas ganas de visitar una de mis tiendas favoritas de segunda mano. Me encantan las cosas originales y únicas, ya que siempre encuentro bellos e invaluables tesoros.
Al entrar, ¡ahí estaba lo que tanto buscaba! Parecía que la acababan de donar y la habían puesto minutos antes de que yo entrara a la tienda. ¡Una caja grande con una hermosa aldea de Navidad iluminada!
Hace mucho tiempo que visito esa tienda, y nunca había visto algo así.
Sentí a Dios susurrarme: “¿Esta te gusta?” “¡Sí, esta me encanta! ¡Es mucho más linda de la que yo tenía! ¡Es perfecta, Señor! ¡Mira los detalles! ¡Mira qué única y original es!”
Busqué el precio y me quedé aún más sorprendida. Toda la aldea valía menos que un tercio de una sola casita. De inmediato, la puse en el carrito de compras y abracé la esperanza de que tuviera todas las partes y que la luz les funcionara.
Llegué a casa y lo primero que hice fue abrirla y verificar que, definitivamente, Dios conoce todos mis deseos. “¡Está perfecta! —exclamé— ¡Mucho más hermosa que en la foto de la caja! ¡Funciona y no le falta nada; están todas sus piezas!”
Apenas terminé de armarla, se la mostré por texto a una amiga y ella me sugirió:
“Está hermosa, ahora solo necesitamos encontrarle una linda capilla, una iglesia para sus pequeños y diminutos habitantes”. ¡Es cierto! ¡Faltaba la pequeña capilla!
Ayer regresé a la tienda por curiosidad para ver si encontraba alguna otra decoración navideña única. ¡Y no vas a creerlo! Solita en un estante, ahí estaba, una pequeña iglesia iluminada. Solita, “una capilla en perfectas condiciones y del mismo estilo que el resto de la aldea”. Pensé: “¡Mi amiga quería una iglesia y aquí está!”.
¿Por qué decidí compartir esta experiencia contigo? Porque quería recordarte algo. Cada vez que miro la ciudad iluminada, encima de mi chimenea, medito en cómo Dios está en los pequeños y nimios detalles; ¡es imposible no creerlo!
Me encanta contemplarla, detallito por detallito. Mirarla me hace sentir muy mimada por Dios. Soy muy feliz al reflexionar en que Dios conoce mis pensamientos y que Él está en cada detalle de mi vida. Él me ama con un amor puro y perfecto, porque Él es el amor. Él es mi padre amoroso, que me conoce más que yo misma y ama sorprenderme, así como yo espero con ansias sorprender a mis hijos con ese regalo que anhelan tener; así, Dios espera ese momento en que esta Su niña saltará de felicidad.
Por último, esta aldea me recuerda que Dios está esperando que suelte el pasado con gracia y sin dolor, para poder recibir algo único, original y mejor que lo que haya perdido por circunstancias de la vida.
Cuando no puedas recuperar lo que tenías, nunca pienses que es porque Dios no quiere que lo tengas; quizás era necesario perderlo y no tenerlo por un tiempo para valorarlo, recuperarlo o quizás nunca  porque Él quiere darte algo mucho mejor para ti. Dios te va a sorprender, ¡ya verás, mi niña!

Nunca más se pondrá tu sol ni menguará tu luna, porque tendrás al SEÑOR por luz eterna y se habrán acabado los días de tu luto. Isaías 60:20






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