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Nunca mas esclava del dolor

Después del entierro, José y sus hermanos regresaron a Egipto junto con toda la gente que los había acompañado. Al ver que su padre estaba muerto, los hermanos de José pensaron: ¿Qué vamos a hacer si José todavía está enojado con nosotros y quiere vengarse por lo que le hicimos? Entonces mandaron a decirle: José, antes de que nuestro padre muriera, dejó dicho que debías perdonarnos todo el mal que te hemos causado. Es verdad que te hemos hecho mucho daño, pero te rogamos que nos perdones. Cuando José recibió este mensaje, se puso a llorar. Sus hermanos fueron entonces a verlo, y se arrodillaron delante de él. Le dijeron: “Somos tus esclavos”. Sin embargo, José los tranquilizó, y con mucho cariño les dijo: “No tengan miedo, que yo no soy Dios. Ustedes quisieron hacerme daño, pero Dios cambió todo para bien. Ustedes han visto ya lo que ha sucedido: Dios ha dejado con vida a mucha gente. Así que no tengan miedo. Yo voy a cuidar de ustedes y de sus hijos” (Génesis 50:14-21 TLA).

 

Cada vez que leo la historia de José, se me estremece el alma.

¿Te imaginas el dolor que seguramente sintió José por el odio que le tenían sus propios hermanos? Hay veces, que nos duele el solo hecho de sospechar que un familiar nuestro, está pensando mal de nosotros, ¿verdad? Es un dolor horrible en lo profundo del alma, que casi no podemos soportar.

Ahora imagínate: José no solo tuvo “una sospecha” o escuchó rumores de rechazo hacia su persona, ¡no! Sus hermanos una y otra vez, habían sido brutalmente sinceros con él: le habían declarado exactamente, cómo se sentían hacia su persona. Llegaron al punto de despreciarlo tanto, ¡que hasta planearon matarlo! Luego, cambiaron de opinión y prefirieron venderlo como esclavo, para hacer algo de dinero. ¿En serio? ¿Sus propios  hermanos? ¡Eso tiene que haber sido dolorosísimo! Cuando parece que la historia no puede empeorar, ocurre una injusticia más; no solo es esclavo, sino que más tarde, cuando funge como mayordomo, la esposa de su jefe, Potifar; lo acusa de abuso y lo mandan a la cárcel.

 

Ahora, dime si no estás de acuerdo en que acaso José, no tenía todas las razones para guardarle rencor a sus hermanos, para odiarlos de por vida, y para no perdonarlos jamás.

¿Y qué me dices de su mayordomo y su esposa? Fue muy injusto todo lo que le hicieron, él no se merecía en absoluto, todo lo que tuvo que vivir. ¿Qué hubieras hecho en su lugar? No es fácil. Admiro el carácter y la sabiduría de José, porque a pesar de todo lo que le hicieron, él fue valiente y se esforzó en pensar de manera divergente. Él no se enfocó en su dolor, sino en el futuro que Dios le había prometido.

 

Por las decisiones que él tomó en los momentos más dolorosos de su vida, prefiero asumir, que sus pensamientos no eran ni de víctima, y mucho menos de juez.

Me imagino que José pensaba: YO NO ENTIENDO POR LO QUE ESTOY PASANDO, PERO CREO EN UN DIOS QUE CONOCE TODO, LO VE TODO, LO ESCUCHA TODO Y SÉ QUE ÉL ES JUSTO Y ME HARÁ JUSTICIA.

 

Cuando crees que Dios es justo, tú te haces a un lado, porque entiendes que tú no lo eres y que no es tu deber hacer justicia. Estoy segurísima que Dios ayudó a José en esos momentos de dolor; me lo imagino a Dios consolándolo, abrazándolo con compasión, porque así es Dios; Él es nuestro defensor. “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1). José podría haber vivido el resto de su vida cargando con el desprecio, el dolor y las injusticias a las que había sido sometido, o bien creer que Dios, quien es justo, ¡tenía el poder para librarlo de toda injusticia!

 

La falta de perdón nos aleja del favor de Dios y nos hace prisioneros de quienes no hemos perdonado. Pero el perdonar nos hace libres, nos acerca a Dios y nos llena de todo lo que Él es. ¡Qué hermoso es el final de la historia de José! Sus hermanos pensaron que él se iba a vengar, ¡pero qué sorpresa se dieron cuando José los consoló con amor! La clave aquí, es el corazón sano de José. Dios lo había sanado y él ahora podía ver el cuadro completo: “¡Wow, Dios me ha recompensado con mucho más de lo que yo me había imaginado!”

 

¡Con Dios sí es posible perdonar!

Solamente quien tiene un corazón sano puede decir: perdono y olvido. Si sientes que aún no has perdonado a esas personas que te causaron muchísimo dolor y deseas ser libre, ahora mismo puedes dar el primer paso, con una simple oración: 

Dios, hoy decido perdonar. Quiero ser libre de toda falta de perdón. Quiero arrancar de mi alma todos aquellos rencores que me consumen y me atan al pasado, hoy, estoy decidida a pensar saludablemente. Hoy, elijo caminar en paz y en amor. Quiero sanar y ser feliz. Sé que Tú me ayudarás a superar todos esos recuerdos tristes. Sé que puedes sanar todas las heridas en mi corazón. Gracias por darme tu gracia y amor. ¡Te amo Papá! ¡Hoy declaro que tengo un corazón sano y soy totalmente libre!

 

Hoy será un gran día porque hoy decidí sanar, decidí ser libre… ¡ya no seré más esclava del dolor! Hoy pude perdonar con la ayuda de Dios.

 

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” Jeremías 29:11







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