La primera mañana en la casa, mientras tomaba café, la mujer vio a través de la ventana que una vecina colgaba sábanas en el patio y dijo: “¡Qué sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero! ¿Quizás necesite un jabón nuevo? Debería aprender a lavar bien sus sábanas”. El marido miró hacia afuera y se quedó callado. Y así, cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso mientras la vecina tendía su ropa al sol. Al mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tendiendo las sábanas limpias y, sorprendida, le dijo al marido: “¡Mira, la vecina aprendió a lavar la ropa! ¡Qué bien!”. El marido le respondió: “Amor, no es lo que piensas. Hoy me levanté más temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana”.
Cuando tenemos un corazón limpio y sano, podemos tener una perspectiva correcta de Dios, de nosotras mismas, de los demás y de todo lo que nos ocurre en esta vida. Todo comienza en el corazón. Con el corazón ves, con el corazón escuchas, con el corazón sientes. Todo lo que está ocurriendo en tu vida en este mismo momento está siendo filtrado a través de tu corazón, y si tu corazón está contaminado, todo lo verás sucio. Si tu corazón está enfermo, sentirás que todo te lastima. Antes de mirar para afuera, seamos sabias y miremos para adentro. Siempre que escudriñemos para adentro vamos a encontrar algo que necesitamos limpiar, y heridas que necesitan sanar. Porque mientras vivamos en este mundo, será inevitable que nos ensuciemos con maldad y que en ocasiones alguien nos llegue a lastimar.
¿Por qué? Primero, porque somos de barro y además vivimos en un mundo donde existe mucha suciedad. Segundo, porque convivimos e interactuamos con gente que al igual que nosotras comete errores, no siempre saben manejar una situación con sabiduría, no siempre saben controlar sus emociones. Es tan normal enfocarnos en los errores de los demás, pero yo te pregunto ¿Tú nunca has cometido un error? ¿Nunca has ofendido a alguien? Todos hemos fallado alguna vez, aunque nos cueste admitirlo.
Siempre que tengas presentes tus responsabilidades, siempre que recuerdes lo que aún te falta arreglar, siempre que estés enfocada en todas las áreas de tu casa que necesitan limpieza, no te dará tiempo para chismear ni para criticar a la vecina por no saber lavar las sábanas. Me sorprende la cantidad de personas que hoy en día usan los medios de comunicación para criticar a los demás por cosas que no entienden o que no les parecen bien. ¿En serio? ¿Ya han terminado con todas sus tareas? ¿Tan rápido? Me pregunto hoy, ¿cómo está nuestro corazón? ¿Por qué hablamos así? ¿Por qué nos sentimos así? ¿Por qué pensamos así? ¿Estás lista para comenzar? No tengas miedo de descubrir cosas que te desagraden en tu corazón. ¡La verdad nos hace libres y, además, limpia nuestro corazón!
La Biblia nos relata la historia de un niño pastor de ovejas que Dios eligió para ser rey de Israel, su nombre era David. Seguro que te acordarás de él por haber matado al gigante Goliat. También, con la ayuda de Dios mató a un oso y a un león cuando era solo un adolescente. No hay duda alguna de que Dios estaba con él desde su juventud. Y si hay alguien a quien admiramos en la Biblia, es a David; más allá de haber desafiado al gigante, haber sido rey o haber escrito hermosos salmos, lo admiramos porque Dios dijo una gran declaración sobre él que nunca olvidaremos.
En 1 Samuel 13:14 dice: “Jehová se ha buscado un hombre conforme a su corazón, al cual ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo.” Dice la Biblia que Dios eligió a David porque era conforme a Su corazón. ¿Cómo era el corazón de David? ¿A qué se refiere Dios?
En Salmos 51 David le pedía a Dios así:
Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor;
conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones.
Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado.
Yo reconozco mis transgresiones; siempre tengo presente mi pecado.
Contra ti he pecado, solo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso, tu sentencia es justa, y tu juicio, irreprochable.
Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre.
Yo sé que tú amas la verdad en lo íntimo; en lo secreto me has enseñado sabiduría.
Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame gozo y alegría; infunde gozo en estos huesos que has quebrantado.
Aparta tu rostro de mis pecados y borra toda mi maldad.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me alejes de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación; que un espíritu obediente me sostenga…
Tú no te deleitas en los sacrificios ni te complacen los holocaustos; de lo contrario, te los ofrecería.
El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.
De este hermoso Salmo 51 podemos aprender lo importante que era para David tener un corazón limpio. ¿Oh no? ¿Viste cuántas veces le pide a Dios que le limpie el corazón? David deseaba, sobre todas las cosas, tener un corazón limpio y amaba tener una relación con Dios. David fue humilde al reconocer que necesitaba ser perdonado por sus pecados. Además, él le pedía continuamente a Dios que nunca le quitara Su Santo Espíritu de su vida. Qué importante es reconocer que necesitamos al Espíritu de Dios en nosotras.
Amiga, ¿cómo
están tus vidrios? No sé cómo estén los tuyos, pero los míos necesitan limpieza a diario. ¿Qué te parece si hoy ignoramos esos pensamientos críticos
sobre los demás? En vez de pensar mal de alguien, recuerda a ti misma: ¡yo
también tengo mis cositas! Estoy segura que te sorprenderás de cuán diferente
verás a los demás. ¿Te atreves? Es más fácil dar gracia cuando sabes cuánta gracia has recibido… y nosotras hemos recibido muchísima. ¡Nunca lo olvides!

Gracias Pastora Debora :)
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